Hace unas semanas, durante una reunión con un cliente, escuché una frase que se quedó conmigo: “La gente siempre se mueve por plata”
Yo no respondí, me quedé pensando en una respuesta, por supuesto, mi primer impulso fue corregirlo, pero respiré y me quedé pensando, analizando de dónde venía esta creencia, le di vueltas a la idea al menos dos semanas… Porque esa oración no era un dato, ni una conclusión basada en evidencias, como podría ser una encuesta, era una interpretación personal. Una forma de mirar el mundo, "un juicio" que me llevó a preguntarme esto:
¿Qué pasa cuando un líder toma decisiones basándose en una creencia que considera una verdad absoluta?
Puede ser que muchos de nosotros hayamos conocido personas que se cambiaron de trabajo por un sueldo más alto, pero también conocemos personas que renunciaron teniendo una excelente remuneración. Se fueron porque estaban agotados, no confiaban en su jefe, no tenían posibilidades de aprender, no se sentían escuchadas, había mal clima laboral, o habían perdido el sentido en lo que hacían… entonces… ¿Las personas solo se mueven por dinero? Mi experiencia dice que no…
Si creemos que las personas “solo trabajan por dinero”, probablemente toda nuestra estrategia de atracción y fidelización de talento estará enfocada únicamente en la remuneración. Pero si nos abrimos a comprender que las personas también buscan respeto, desarrollo de carrera, confianza, propósito y bienestar, entre otras cosas, entonces recién comenzaremos a desarrollar una cultura diferente.
En lo personal, cuando fui trabajadora dependiente, por supuesto que valoraba de gran manera recibir un buen sueldo, no me atrevería a decir que esto no importa. Pero cuando me acuerdo de los lugares donde fui feliz trabajando, lo primero que viene a mi mente no es cuanto ganaba, sino que recuerdo la confianza que depositaban en mi, la libertad para proponer ideas, un notebook que funcionaba bien, que me permitía hacer mi trabajo sin frustraciones, una silla cómoda para aguantar las 8 horas de trabajo frente al escritorio, una oficina cómoda, una mantita, o sencillamente poder bajar a tomar un café con mis compañeros de trabajo sin sentir que alguien pensara que “estaba sacando la vuelta”… Y aquí es donde aparece otra pregunta poderosa:
¿Qué creencias tenemos sobre las personas que trabajan con nosotros?
Porque las creencias, formas de ver la vida o juicios personales de un líder terminan convirtiéndose en las decisiones que toma. Y esas decisiones, con el pasar el tiempo, terminan moldeando la cultura de toda una organización, algunos ejemplos:
· Si yo creo que "la gente siempre se mueve por plata", voy a invertir solo en remuneraciones y no en bienestar.
· Si creo que "la gente se aprovecha cuando tiene confianza", voy a controlar cada minuto, y me convertiré en un líder autoritario.
· Si creo que "nadie quiere capacitarse", dejaré de ofrecer oportunidades y perdere talento.
Sin embargo, si creo que "las personas quieren aportar cuando se sienten valoradas", probablemente construiré una cultura completamente distinta, donde las personas sientan que su opinión vale.
En definitiva, las organizaciones no son un reflejo de sus políticas, sino que muchas veces son un reflejo de las creencias de quienes las lideran. Por eso, antes de preguntarnos cómo mejorar la cultura de una organización, quizá deberíamos preguntarnos qué creencias tenemos acerca de las personas.
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